jueves, octubre 29, 2009

DOS POLLOS


Lo persiguieron durante horas y por fin lo acorralaron en los techos de un vecindario pobre de los suburbios. Llegaron primero los patrulleros -él contó media docena, aunque probablemente fueran más. En minutos, apenas, el techo de alquitrán que pisaba vibró bajo los motores del helicóptero desde el que le intimaban rendición. Pudo ver, desde su refugio bajo el tanque de agua de la torre de departamentos, cómo los tiradores de la policía buscaban sus posiciones en los techos de los edificios cercanos.
Tiene que ser un malentendido -se dijo mil veces, maldiciendo su suerte. Sólo había robado comida de un supermercado, dos pollos frescos, una bolsa de papas fritas congeladas y una botella de cabernet. Apenas sonó la chicharra de alarma de la puerta de acceso al súper, empezó a correr. Si tuviera la oportunidad de ver los noticiosos o de leer los diarios, más tarde, se enteraría de que por ese mismo barrio buscaban "a un peligroso ladrón de bancos, fuertemente armado". Pero estos que lo acorralan no le darán la oportunidad de enterarse. No está mal, después de todo, morir como lo que nunca he sido -se dice. A veces, un buen consuelo es la mejor extramaunción. Mira el helicóptero, los tiradores, se asoma para ver los patrulleros abajo: no son menos de diez. Y curiosos, periodistas, gente del barrio.
Sale de su escondite con los dos pollos en alto y se deja balear.
Tampoco iban a arrestarlo como a Capone, por haber evadido impuestos.

domingo, octubre 25, 2009

HABLANDO DE LA NOCHE

Biedma presentó en Madrid una reedición de "El espejo del monstruo"


Los monstruos de la literatura se han asomado ya en nuestra infancia, instruyéndonos en los recovecos de la noche, guiándonos, con torpeza tan congénita como sus deformidades, por pesadillas que eran al mismo tiempo señales, gritos ahogados, caricias perdidas en el desconsuelo. Así empezamos a discernir, con el transcurrir de las madrugadas, los variados tonos grises del espanto, el inasible rostro de la desesperanza.
Imagínate ahora, que ya eres adulto, unos monstruos que recojan la desolación del jorobado de Notre Dame, la lóbrega jocundia amorosa del fantasma en la Ópera de París, los siniestros mohines con los que la criatura del doctor Frankestein intentaba despertar la ternura despavorida de nuestras viejas tardes de cine.
Despójate, a continuación, de todo tu bagaje de prevenciones y prejuicios, de tus rechazos tanto como de tus adicciones, y acepta entrar, paso a paso, en un mundo donde, a diferencia del abordado por la Alicia de Lewis Carroll, tú eres el espejo.
Ya estás en clima y ya te desplazas por las entrañas de una novela nada común, de un folletín por entregas -si nos atenemos al formato propuesto por su autor-, de una historia donde al desgarro de la pérdida se suma el de las garras propiamente dichas, donde a la mirada oblicua y múltiple de la complejidad humana se suma la concentrada y unidireccional del cíclope, donde los cuerpos han sido torturados no hasta morir sino hasta nacer, donde la peor de las pesadillas comienza con el despuntar del sol.
Hay muchos y variopintos monstruos en "El espejo del monstruo", de Juan Ramón Biedma. O hay, por decirlo de otro modo, uno solo. Que en el espejo que eres tú, lector, empieza a refractarse, a multiplicarse como un tejido tumoral que busca ocupar los confines del universo.
Hay un inspector con nombre de cosecha, de rostro repulsivo arrasado alguna vez por el fuego, que se debate en sus propias cenizas para encontrar la fuerza indispensable que le permita tolerar aquello a lo que se enfrenta. Vendimia, que así se llama, se une a su pesar con Set Santiago, un abogado que ha purgado en prisión la peor de las condenas -la de la muerte tal vez involuntaria de su hija-. La misión que los une es hallar a los responsables de las horrendas muertes de seres solitarios, acorralados -por la sociedad genéticamente estable- a los últimos y hediondos rincones de su marginación, aislados, refugiados en la intemperie de lo irremediable.
Quienes así viven, esperando que tal vez la muerte los alivie, son víctimas que antes fueron victimarios. No tan feroces, probablemente, como esos ancianos de aspecto gentil y finos modales que sobreviven sin arrepentimiento ni pena a sus crímenes de lesa humanidad, sus atrocidades de guante blanco, sus trabajos por encargo para sostener un orden más aberrante que el establecido en indefensos cuerpos por la locura de las células.
Como en la anterior novela de Biedma, "El manuscrito de Dios", a los investigadores de "El espejo del monstruo" los une el rechazo, la soberbia que sólo da la absoluta soledad, la certeza del abismo como final de cualquier atajo. También hay una mujer, Paloma Terán, cuya lucidez y coraje es tardíamente reconocido por el dúo, y la sombra anfibológica de la pasión, que toma la forma de Taifa, la cuarta mujer que no lo es tanto sin dejar de serlo y que recorre la trama de la historia como un lobo puesto a lazarillo.
No te desveles, lector de monstruos, por llegar a la última página, no apures el paso, demórate en las palabras, que de eso se trata la literatura, y acepta los juegos a veces incandescentes, otras a lo ruleta rusa de la frase certera, de su a menudo reinventado idioma.
No te alarmes por tanta malformación, tampoco caigas en la tentación de las interpretaciones lineales, ni busques un único motivo al desvarío de una sociedad que se autocomplace en la violación sistemática del más débil, en la conmiseración racista, en el perdón a sí misma que ningún dios, ni el más perverso y de ser efectivamente escuchado, temido y obedecido, convalidaría.
El escenario es Sevilla, otra vez y por qué no, Sevilla. Ciudad monstruo, lluviosa, pecaminosa y oblicua, bifronte, de catedrales fugaces, de callejones donde de verdad comulgan los impíos.
Vendimia no puede dejar de investigar, teme al silencio y a la quietud, a la falta de peligro, al amor que se inventa en su momento más cruel y por eso mismo, más humano.
Set Santiago tampoco quiere detenerse, la culpa y la consiguiente repulsa a seguir viviendo lo empujan, prepotentes, hacia lo que más teme.
Paloma Terán, que hacia el final de la novela crece con toda la potencia de los personajes secundarios inolvidables, es ese hálito que recorre el libro, esa "ternura no deliberada" con la que el autor define, también tardíamente, a Paloma.
Y es que el horror, el verdadero horror, no es el que se inventa con palabras sino el que preside los actos de los hombres cuando se empeñan -y de qué otro modo se construyen las sociedades ordenadas- en imponerse unos a otros.
Los monstruos, en cambio, los ya aludidos de la literatura, los que aquí nos ocupan, caminan en puntas de pie por los desvanes de nuestras conciencias, arrastran sus cadenas de fantasmas biológicos, nos aterran porque cuestionan el orden que suponemos inmutable, devuelven sin afeites la real naturaleza de nuestros rostros de Narcisos.
No leas el libro de Biedma si buscas una historia de bestias repugnantes, de asesinatos atroces como desafíos al típico sabueso que sólo reacomoda las fichas para que siga el juego.
Intérnate en cambio en sus páginas -como Vendimia, Set Santiago, Paloma y Taifa lo hacen por sombríos arrabales de Sevilla, por hospitales abandonados, por clubes de putas y demoníacos santuarios- si lo que te atrae es esa sospecha de que la última palabra no ha sido dicha. Búscala en frases lacerantes de Biedma, en el humor que como la luz de una cerilla alivia las escenas más negras.
Y no confundas con efectos residuales de la adrenalina al estremecimiento que te deja el libro al terminar de leerlo. Será compasión lo que sientas, sobre todo por Set Santiago, ese abogado convicto de sí mismo, que demasiado tarde descubrirá que no somos el monstruo sino su espejo.
Hablando de la noche, Biedma apuesta con envidiable talento a la luz menos estentórea, la que desvela esa difusa línea de sombra con la que la tarde de invierno traza su límite. Con su literatura, Biedma carga y proyecta imágenes como una linterna mágica y nos recuerda, como un eco de Macedonio Fernández, que no toda es vigilia, la de los ojos abiertos.

martes, octubre 20, 2009

¡ARACA, LA INDIADA!

El diario "La Nación" del último domingo advierte, en una nota titulada "El regreso de la Araucania", sobre los riesgos que se ciernen en la Patagonia argentina. Soliviantados por tanto discurso progre y tanto turismo a las raíces de nuestra "cultura originaria", parece que los indios mapuche no sólo quieren recuperar una millonésima parte del territorio que les birlaron conquistadores españoles y criollos. Ahora se estarían reuniendo para planear alguna clase de toma del poder, bajo los auspicios y el apoyo logístico, cuándo no, de la guerrilla colombiana y, si te descuidás, del chavismo. ¡Indios sotretas! Hasta se atreven a pedir que la bandera de la araucania sea izada junto a la nacional. ¡Otra vez el cuco del trapo rojo!
Por lo que sé -poco, pero de fuentes bien documentadas y por boca de sus pobladores no terratenientes-, la Patagonia argentina está dividida en latifundios de más de cien mil hectáreas, pertenecientes a extranjeros carapálidas y variopintos: italianos, alemanes, franceses, yanquis y hasta hay campitos no menos extensos de nuestros primeros conquistadores.
Sin contar, por supuesto, a la “criollada” local, heredera de las hazañas del general genocida Roca.
Osvaldo Bayer escribió en los ´70 “La Patagonia trágica”, un libro que le valdría el exilio y la excomunión por parte de los dueños de la tierra, en el que compendiaba la masacre de obreros rurales durante la segunda década del siglo veinte. Luego, y a lo largo de casi todo el siglo XX, la "hipótesis de conflicto" del ejército argentino especulaba con que nuestros hermanos trasandinos invadían lentamente la Patagonia argentina con sus trabajadores y, en cuanto nos descuidáramos, lo harían con sus ejércitos. Nada de ello sucedió y, llegada la democracia a ambos lados de los Andes, se consolidó una relación civilizada, en el marco de un ambicioso proyecto de integración regional de las naciones del sur americano.
Pero existe el diario “La Nación” -gracias a Dios, el gran latifundista-. Y sus cronistas nos advierten ahora del nuevo peligro.

Como decía Silvina Bullrich, "si viene el comunismo, me voy a la estancia". El comunismo no viene: se viene la indiada.

miércoles, octubre 14, 2009

BREVÍSIMA HISTORIA DE LAS RELIGIONES

Nadie sabe si Dios existe, si alguna clase de ser supremo ha dado origen a este mundo. Tampoco nadie puede afirmar con pruebas de laboratorio que no exista. Unos y otros, creyentes y escépticos, afirman sin embargo sus respectivas verdades. Los que dicen que no, tienen un argumento bastante sólido: dados los resultados de su presunto plan maestro, a quién se le ocurre que este desastre sea obra divina. Los creyentes también tienen su argumentación: todo lo que sucede tiene un fin último cuyo sentido se nos escapa. Ni el Tercer Reich ni Elisa Carrió son obra de la casualidad biológica de nuestra rara especie.
En todo caso y aceptando que, compitiendo con Dios, la razón esté en todas partes, alguien largó por primera vez la idea de que podría haber algo más allá de nosotros. Después vinieron varios, que luego fueron muchos y se multiplicarían hasta ser millones, de donde surgirían los talentos que ilustraron aquella idea con leyendas, canciones y una de las más bellas iconografías creadas por la criatura humana.
Dios, finalmente, podría ser una impostura. No así la belleza, que reverencio y cultivo con humildad franciscana y fanatismo de fedayines.

lunes, octubre 12, 2009

AZARES DEL ALMA

Están ahí, en cualquier calle. O irrumpen en el vagón del subte, con sus instrumentos y su breve música. La mujer, sesenta y cinco, ciento diez kilos, la misma que odió siempre los espejos, se refleja en ellos y se ve tan bella, probable y lejanamente enamorada. Casualidad, azares del alma, tocan esta tarde la canción que ella oyó cuando él aquella otra, remota tarde. Ella olvidó prudentemente su rostro y hasta sus caricias y sus besos, pero no la música. De pronto la mujer a su lado, más joven, atractiva aunque furiosa con por lo menos este mundo que le toca, la codea y dice qué manga de vagos, deberían ir a trabajar en vez de andar dando conciertos que nadie les pide. Y ella acepta –porque ya se van los músicos, después de recoger algunas monedas, y porque no tiene ganas de que nadie le quite el sabor sin tiempo de sus recuerdos-. Que sí, que qué vergüenza, aunque peor sería que roben. La mujer a su lado parece conforme, algo frustrada porque esa manga de vagos seguirá azotando con sus melodías a los pasajeros indefensos de otros vagones del subte, a los caminantes de otras calles, a los solitarios de otras plazas. Y en un par de minutos aquí mismo habrá llegado el momento, la estación indicada, el final del recorrido, el último compás de aquella tarde.

viernes, octubre 09, 2009

AMOR DELIVERY

Ya no te amo, dijiste al despertar, esta mañana. Nunca me amaste, te aclaré. ¿Y qué fue lo de anoche? Amor delivery, te expliqué: llamas, pides una noche de amor y te la traen a domicilio, pero es sólo eso, una noche. ¿Y si quisiera más, si realmente me hubiera enamorado de vos?, preguntás. Sólo lo fugaz perdura, te respondo.
-¡Guau! ¿Esa frase es tuya?
-No, es el eslogan de la empresa.

miércoles, octubre 07, 2009

LOS SOLES DE BAGDAD


No falta mucho. Hombres y mujeres fabricados en serie, en unidades de procesamiento genético. Los habrá de diferentes clases y marcas, para usos específicos. El amor y el odio, la ambición y el olvido, quedarán en los libros de papel que nadie leerá porque son pesados y sus textos no pueden corregirse o ser reemplazados.
Habrá hombres y mujeres de distintos precios, por lo que nada habrá cambiado demasiado. Los de buena marca estarán al norte, los de menor jerarquía al sur, cada cual en su góndola, esperando a ser elegidos por el cliente. ¿Qué cliente? Otro al que antes han elegido, y así.
Se formarán frente a los hipermercados filas interminables de aspirantes a lo eterno, esperando sus turnos, sus raciones de inmortalidad.
Y al caer la tarde estallarán los soles como las bombas sobre Bagdad.

martes, octubre 06, 2009